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Lo primero que sentí después de colgar fue una calma extraña. No era tranquilidad. Era algo más parecido a una determinación fría que se asienta en el pecho cuando ya no hay marcha atrás. Me quedé sentada unos segundos, mirando la pared sin realmente verla, permitiendo que todo lo que Adrian acababa de decirme se ordenara dentro de mi cabeza.

Gavin estaba en una jaula.

Pero yo no lo estaba.

Y en algún punto entre el dolor y la rabia, algo en mí decidió que no iba a permitir que nadie —ni siquie
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