Lo primero que sentí después de colgar fue una calma extraña. No era tranquilidad. Era algo más parecido a una determinación fría que se asienta en el pecho cuando ya no hay marcha atrás. Me quedé sentada unos segundos, mirando la pared sin realmente verla, permitiendo que todo lo que Adrian acababa de decirme se ordenara dentro de mi cabeza.
Gavin estaba en una jaula.
Pero yo no lo estaba.
Y en algún punto entre el dolor y la rabia, algo en mí decidió que no iba a permitir que nadie —ni siquiera él mismo— decidiera por nosotros.
Me levanté lentamente. Caminé hacia la ventana del hotel y aparté la cortina. La ciudad se extendía frente a mí, vibrante, caótica, viva. Un recordatorio de que el mundo seguía girando sin importar cuán rota me sintiera. Respiré hondo. El aire estaba pesado, pero el oxígeno me supo a desafío.
—Muy bien —murmuré para mí misma—. Entonces jugamos.
Porque eso era lo que era, ¿no? Un juego. Cruel, manipulador, de esos donde alguien cree tener todas las piezas alin