Nathan
—¡¡Nathan!! ¡¡Nathan!! —escucho la voz de Giselle.
Soltando un gruñido ignoro a mi esposa y colocando mi brazo sobre mi cara continúo durmiendo.
—¡¡Nathan!! —insiste.
—¿Qué deseas, Giselle? —me quejo molesto, girando solo lo suficiente para ver la hora en el despertador—. Son las tres de la mañana, ¿qué es tan urgente como para que me despiertes a esta hora? —refunfuño.
Suelto un bostezo, el cual se corta de inmediato cuando me doy cuenta del ligero peso que reposa sobre mi cadera y de