La madrugada encontró a Olivia en el mismo lugar donde Alexander la había dejado. Sentada en el sofá del estudio, inmóvil, las horas pasando con una lentitud agonizante. Las 4:32 AM brillaban en el reloj de pared.
El ático estaba en silencio. Demasiado silencio.
Alexander no había regresado.
Y cada minuto que pasaba era una respuesta más clara que cualquier palabra que pudiera haber dicho.
La semilla que Isabella había plantado meses atrás —con sonrisas calculadas, con preguntas sobre lluvias en Milán, con regalos envenenados— finalmente había echado raíces. No como la flor venenosa que Isabella probablemente esperaba, sino como una planta de claridad. De verdad brutal.
Olivia se levantó, sus articulaciones protestando después de horas de inmovilidad. Caminó hacia el ventanal. El primer amanecer comenzaba a teñir el cielo de tonos naranjas y rosas. La ciudad despertaba.
La verdad era simple, cuando finalmente la mirabas a los ojos.
Alexander podía sentir... algo por ella. Lo había vis