El último invitado importante había abandonado el lobby del hotel Vance Boston, dejando atrás el murmullo decadente de una velada impecable. El aire, cargado antes con el perfume de las flores frescas y el champagne, comenzaba a disiparse, revelando el silencio espectral de un triunfo monumental. Olivia se encontraba de pie frente a la vidriera de Murano que ella misma había seleccionado, cuyo mosaico de colores ardía ahora bajo los focos estratégicos, arrojando destellos de zafiro y esmeralda