El regreso de Olivia al interior de la mansión fue como cruzar un umbral entre dos realidades distintas. Mientras el jardín conservaba impregnado en la brisa nocturna el eco de las desgarradoras confesiones de Eleanor, la biblioteca seguía sumergida en su burbuja de hipocresía perfectamente orquestada. El humo de los puros formaba espirales grises que se enredaban en la luz dorada de los candelabros, y las risas tintineaban con una falsedad que a Olivia le resultaba tan transparente como el cri