El aire en la biblioteca era espeso, cargado con el humo de los puros y el aroma rancio del brandy. Las risas eran forzadas, las conversaciones, un zumbido de avispas alrededor de la miel del poder. Alexander estaba inmerso en un debate con un grupo de accionistas, su rostro una máscara de paciencia calculada, pero Olivia podía ver la tensión en sus hombros, la misma que sentía en su propio cuerpo, retorciéndole los músculos hasta dejarla al borde del colapso.
Las palabras de Eleanor resonaban