La puerta del dormitorio de Olivia se cerró con un sonido suave, definitivo. El clic de la cerradura separó dos mundos: afuera, el caos y el miedo de la noche; adentro, una intimidad electrizante y recién descubierta.
La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por la luz de la luna que se filtraba entre las persianas. Olía a ella, a su champú de jazmín, al lápiz de los planos, a hogar.
Alexander la miró. Ella estaba de espaldas a la puerta, su perfil recortado contra la ventana. La sangre