La luz del amanecer filtró tenuemente por las persianas, pintando rayas doradas sobre la piel desnuda de Alexander. Olivia dormía en su pecho, su respiración un ritmo profundo y pacífico contra su costado. El vendaje blanco era la única nota discordante en la escena de intimidad perfecta.
Alexander no dormía. Sus ojos estaban abiertos, recorriendo el techo. El cuerpo estaba satisfecho, agotado. Pero la mente no descansaba. Era como si la tormenta hubiera pasado, y ahora, en el silencio, pudiera