La furgoneta recorrió un camino tortuoso durante veinte minutos interminables. Alexander, con las manos entumecidas por las bridas, contó los giros. Izquierda, derecha, otra izquierda, un bache largo que significaba cruzar vías de tren abandonadas. Se dirigían al distrito industrial junto al río. A los almacenes fantasmas.
La furgoneta se detuvo. El motor se apagó. Un silencio denso los envolvió, roto solo por el goteo lejano de una tubería y el susurro del viento entre las chapas de metal.
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