El silencio en la sala de juntas era absoluto, tan denso que podía sentirse, un manto pesado que ahogaba hasta el más mínimo sonido. El tictac del reloj de pared, una pieza antigua de ébano y oro, marcaba el paso de los segundos con una precisión que resultaba obscena. Cada tic-tac era un martillazo en los nervios de Olivia, un recordatorio de las dos horas de incertidumbre que se extendían ante ellos.
Alexander fue el primero en moverse. Su silla raspó levemente el suelo al empujarla hacia atr