La llamó un jueves por la mañana.
Olivia estaba trabajando en su laptop. Emma dormía la siesta. El timbre del teléfono la sobresaltó. El nombre en pantalla la dejó sin aliento: Alexander.
No llamaba entre semana. Nunca.
Contestó.
—¿Alexander? ¿Pasa algo? ¿Emma…?
—Emma está bien. Tú estás bien. Es otra cosa. Necesito verte. Hablar.
Su voz era grave. Controlada. Pero había una urgencia sorda bajo la superficie.
—¿Ahora?
—Sí. Puedo ir allí. O podemos vernos en un lugar neutral. Un café. Lo que pre