Alexander no se movió de inmediato. Permaneció en el banco, petrificado, hasta que la figura de Olivia con el cochecito se hizo pequeña y se mezcló con el límite del parque. Hasta que el sonido de las ruedas sobre la gravilla se perdió en el murmullo general.
Entonces, algo se despertó en él. No era raciocinio. Era instinto. Un impulso profundo, primario, que le ordenaba no perderlas de vista. No podía permitir que desaparecieran otra vez en el vasto océano de la ciudad. No después de esto.
Se