La sala de visitas del centro de detención preventiva era fría, impersonal, y olía a desinfectante y desesperación. Alexander, acompañado por Marcus Thorne y con dos agentes de seguridad apostados discretamente fuera de la puerta vidriada, esperaba.
Había rechazado la opción de hablar por teléfono a través de cristal. Quería ver la cara de su tío. Quería ver la verdad, o la mentira, en sus ojos.
Charles Vance entró escoltado por un guardia. Parecía haber envejecido una década en unas semanas.