La lluvia comenzó al anochecer. Un aguacero frío y persistente que golpeaba los ventanales del ático como si intentara entrar. Alexander no encendió las luces. Se sentó en el suelo, apoyado contra el sofá, observando cómo las gotas corrían por el cristal, distorsionando las luces de la ciudad en manchas de color borrosas y agonizantes.
La renuncia estaba hecha. El interinato de Charles, un hecho. El mundo había seguido adelante. El silencio en el ático era ahora total, absoluto, roto solo por e