El fondo no llegó con estruendo. Llegó con el silencio de un domingo por la tarde, cuando la ciudad se detiene a respirar y el vacío de una vida se hace tangible, imposible de ignorar.
Alexander estaba en el suelo de la ducha. El agua caliente se había agotado hacía rato, dejando un chorro gélido que le martilleaba la espalda, pero él no tenía la fuerza ni la voluntad para girar la llave. Se dejaba caer, gota a gota congelada, como una penitencia física por fracasos que no tenían nombre. El vap