El avión ascendió y con él, el recuerdo de otra firma. Olivia cerró los ojos. La pluma de plata fría en su mano. La vista de Manhattan a sus pies. La voz de Alexander: “No se enamora de mí. Es una transacción.” Ella, desesperada, había firmado.
Milán desapareció bajo las nubes. La ficción terminaba. Alexander no era su amante. Era su patrón. Y ella no era su pareja. Era la empleada que había roto la cláusula principal.
—Agua para los dos —dijo Alexander a la azafata.
Olivia tomó la botella. La