La confesión había terminado, pero su eco seguía vibrando en el aire entre ellos, un zumbido sordo que resonaba en los lugares más profundos de sus corazones. Dos botellas vacías de vino yacían sobre la mesa, testigos mudos de una noche que había cambiado todo sin cambiar nada visiblemente. El Duomo, eterno e impasible, seguía iluminado contra el cielo negro, pero ahora parecía menos un monumento a la distancia y más un testigo de algo frágil que acababa de nacer.
Alexander seguía sosteniendo l