El vino se había acabado, pero la noche seguía ahí, envolviéndolos en una intimidad peligrosa. La confesión de Alexander sobre Isabella flotaba entre ellos como un fantasma que finalmente había sido nombrado. Y ahora, en el silencio cargado que seguía, Olivia sentía el peso de sus propias verdades, empujando contra sus labios, exigiendo ser liberadas.
Era su turno. Y esta vez, no sería una historia editada para un informe de Thorne. Sería la verdad completa.
—El día que Robert Thorne vino a bus