El eco de los elogios de la gala se disipó tan rápido como el humo. A la mañana siguiente, Robert Thorne apareció en el desayuno con una carpeta que parecía contener el peso de todo el imperio Vance y una expresión que no admitía réplicas.
—Buenos días —saludó Olivia, sirviéndose té con una mano que apenas temblaba. La costumbre estaba empezando a tallarle una capa de estoicismo.
—Señorita Green. Señor Vance —Thorne depositó la carpeta sobre la mesa con un golpe sordo que resonó en el silencios