Maxime
No me he movido.
Después de su partida, el mundo volvió a girar a un ritmo extraño. Todo parecía idéntico a mi alrededor, pero dentro de mí, algo había cambiado. Léa no había prometido nada. Ni siquiera dijo que nos volveríamos a ver. Pero ella vino. Se sentó. Escuchó.
Y sentí, en ese silencio a dos, más verdad que en todas nuestras disputas pasadas.
Sigo allí, mucho después de su partida, la mirada fija en la huella aún tibia de su taza. Reproduzco la escena una y otra vez. Su mirada cu