Léa
Era casi las veintitrés horas.
La noche había cubierto la ciudad con un silencio denso, punctuado por algunas sirenas lejanas y el suave golpeteo de la lluvia contra los cristales.
Estaba en mi cama, pero no realmente allí. Mi cuerpo descansaba, inmóvil, mientras mi mente flotaba en algún lugar entre el arrepentimiento, la espera y el cansancio.
Ya no lloraba.
No pensaba en volver a llorar.
Pero cada latido de mi corazón era una tensión silenciosa, un hilo tenso a punto de romperse.
Creía q