Mundo ficciónIniciar sesiónTres años pasaron casi sin hacerse notar.
No porque no hubieran ocurrido cosas, sino porque todo parecía encajar con una naturalidad que Alma jamás había imaginado posible. La empresa creció de manera sostenida, abriendo nuevas líneas de negocio y consolidando su prestigio. Beltrán & Hijos dejó de ser solo una firma familiar respetada para convertirse en un nombre citado en foros empresariales y revistas especializadas.
Alma ocupó su lugar con solvencia.
Sus ideas fueron escuchadas, sus proyectos aprobados, su presencia respetada. Ya no era “la esposa de Tomás”, sino una pieza clave en el engranaje que hacía funcionar la empresa. Tomás se sentía orgulloso de ella y no lo ocultaba. En reuniones, en entrevistas, incluso en conversaciones informales, hablaba de Alma como su mayor acierto, personal y profesional.
El vínculo entre ellos también floreció.
Habían aprendido a conocerse sin prisa, a respetar silencios, a acompañarse en los días difíciles y a celebrar los logros compartidos. No todo era perfecto, pero sí auténtico. Se elegían, una y otra vez, desde un lugar más consciente.
Cada tanto, viajaban a Luminaria a visitar a los padres y hermanas de Alma.
El ritmo cambiaba apenas cruzaban el cartel de entrada al pueblo, parecia más lento, más calmo. Las visitas eran sencillas: almuerzos largos, paseos en la costa del mar, risas con Isis y Marcela, caminatas por calles que parecían no haber cambiado nunca. Tomás se adaptaba con una facilidad que sorprendía a Alma; dejaba el traje, aflojaba el cuerpo, escuchaba historias repetidas como si fueran nuevas.
—En este lugar, eres otra —le decía él, observándola—. Más liviana.
—En este lugar, soy yo antes de todo —respondía Alma.
Y eso los unía aún más.
En la empresa, la relación con Laura nunca llegó a ser cercana, al contrario, Laura hacía notar su rivalidad con Alma, la relación con la familia Beltrán e incluso con Esperanza, nadie sabia que la mantenia en la empresa, parecia ser detestada por todos allí, incluso Tomás no parecia del todo cómodo.
Aunque seguía siendo correcta, profesional, distante. Hubo roces silenciosos, miradas medidas, palabras que se decían con precisión quirúrgica. Pero algo había cambiado de forma definitiva: todo indicaba que Tomás nunca volvió a dudar de qué lado estaba.
Cada vez que surgía una tensión, él intervenía con claridad. Sin elevar la voz, sin escándalos, pero con firmeza. La familia también acompañaba esa postura. Elena, Clara y Mateo respaldaban a Alma sin reservas, como si el paso del tiempo hubiera sellado su pertenencia.
—Las aguas se acomodan solas cuando cada uno ocupa su lugar —decía Elena, satisfecha.
Mateo observaba desde cierta distancia, siempre atento, siempre presente en lo justo. Su trato con Alma era cordial, respetuoso, sin dobles sentidos. Nada que pudiera inquietar. Nada que hiciera ruido.
Todo parecía ir de maravilla.
La casa seguía siendo luminosa, viva. Las noches bajo los tragaluces eran habituales: conversaciones tranquilas, planes a futuro, proyectos que se imaginaban sin urgencia. Alma miraba el cielo y pensaba, a veces con asombro, que muchos de sus sueños se estaban cumpliendo.
No todos exactamente como los había imaginado.
Pero lo suficiente como para sentirse en paz.
Y así, entre viajes, trabajo, familia y una estabilidad construida con paciencia, la vida avanzó sin sobresaltos. Como si el destino, por una vez, hubiera decidido darles tregua.
Al menos por ahora.







