La mañana del sábado transcurría en calma. Aunque Angelo aún sentía los estragos de la "tortura" a la que lo había sometido su fisioterapeuta, bien valía la pena. Lionetta lo había llenado de mimos en cuanto él se había quejado de dolor. Quizás había exagerado un poco más de lo necesario, pero no le avergonzaba en lo más mínimo admitirlo.
En ese momento, su esposa le estaba dando uno de sus masajes, de esos que lo aliviaban más que cualquier analgésico. Sentir sus manos recorriendo su pierna ad