Mateo no podía creer que Tomás y yo estuviéramos muertos.
Se negaba a aceptarlo.
Repetía con insistencia: —¡Si están vivos, quiero verlos! Y si están muertos… ¡Entonces quiero ver sus cuerpos!
Los sirvientes, que habían presenciado todo con sus propios ojos, trataban de convencerlo, entre suspiros y miradas de compasión. —Alfa… Por favor, deje de cavar. Todos fuimos testigos del incendio… Y ya sacaron los cuerpos de la señora Camila y el joven Tomás…
—Han fallecido. Ya no están con nosotros. Deb