Mateo se quedó inmóvil.
—¿Qué dijiste...? —preguntó, como si no hubiera escuchado bien.
Lo miré a los ojos y lo repetí con cuidado palabra por palabra, sin dudarlo.
—Lo que quiero que me traigas es una máquina del tiempo. Solo así, si puedes volver al pasado, a ese momento en el que aún no me habías hecho daño, quizás así Tomás y yo podríamos perdonarte.
Su expresión se fue congelando poco a poco, centímetro a centímetro.
Hasta que esa esperanza que iluminaba sus ojos desapareció y lo que quedó