Desperté con pitidos constantes y un olor penetrante a antiséptico que se me metió hasta el fondo de la garganta. El dolor físico era soportable: un latido sordo en las costillas y un martilleo en la cabeza. Pero el otro dolor, el que venía de dentro, era un abismo que se abría lentamente.
Ligia fue la primera en entrar. Tenía los ojos enrojecidos y me abrazó con cuidado, como si temiera que me rompiera entre sus brazos.
—Estás bien —susurró—. Gracias a Dios.
Luego llegaron los demás. Rostros qu