El primer signo de quiebre en el muro familiar llegó sin estruendos ni lágrimas derramadas: un mensaje de Jaime a las 7:43 de la mañana. «Edith, ¿podemos vernos? Omar y yo queremos hablar. Sin Mariel. Sin nadie más».
Mi corazón latió con fuerza, un pulso acelerado que resonaba como un eco de desconfianza acumulada. No respondí de inmediato. En su lugar, llamé a Ligia, mi ancla en medio de la tormenta.
—¿Es una trampa? —pregunté, la voz temblorosa como un hilo a punto de romperse.
—No lo sé —adm