La noticia estalló como un relámpago en un cielo que creíamos despejado.
Era martes por la mañana. Yo estaba en la galería, descalza sobre el suelo de madera, colocando el último lienzo de la serie Zafiro Roto: una mujer que emergía de cadenas que ya no eran de metal, sino de luz deshecha, con el collar flotando a su lado como una luna que por fin se liberaba. El aroma a café recién hecho y trementina llenaba el aire, un bálsamo que me había vuelto familiar. Entonces sonó el teléfono. La dueña