El lienzo en blanco ya no me intimidaba. Ahora era una invitación.
Después de semanas de clases con Julio y noches pintando hasta que me dolían los hombros, decidí dar el paso. Alquilé un pequeño rincón en una galería colectiva del centro. El espacio era modesto, luminoso, con olor a madera recién lijada y café. Lo llamé Zafiro Roto sin pensarlo demasiado: un nombre que hablaba de fracturas y de lo que podía reconstruirse.
Subí mis primeras cinco piezas a I*******m con fotos tomadas bajo la luz