La llamada llegó a las 3:17 de la tarde, un número desconocido que contesté por instinto, como si un hilo invisible tirara de mí desde el otro lado del silencio. La voz de la directora del colegio era calma profesional, pero sus palabras se clavaron en mi pecho como un filo de hielo puro:
—Caleb se cayó en el patio durante el recreo. Se golpeó la cabeza. Está consciente, pero lo llevamos al hospital por precaución. Vengan rápido.
No recuerdo haber colgado. Solo el mundo reduciéndose a un túnel