Julio me invitó a cenar un jueves después de clase. Nada formal, dijo. Solo un restaurante pequeño cerca del centro cultural donde servían pasta casera y vino decente. Acepté.
Me encontré con él a las ocho, con el cabello todavía húmedo de la ducha y un vestido azul sencillo que había comprado sin pensarlo demasiado. Julio sonrió al verme, esa sonrisa tranquila que nunca parecía exigir nada, pero que siempre lograba hacerme sentir que el mundo se detenía un segundo solo para mirarme.
La cena flu