La invitación llegó por correo ordinario, pero el sobre grueso con bordes dorados pesaba como una citación judicial. Cumpleaños 80 de Don Víctor Cortés. La dejé sobre la mesa de la cocina y me quedé mirándola durante un largo rato, como si el papel pudiera morderme.
Ligia, que había pasado a dejarme unos libros, frunció el ceño al verla.
—No vayas. Esa gente no cambia, solo perfecciona la forma de hacerte daño.
Pasé el dedo por el relieve del nombre. Diez años de puertas cerradas, de llamadas qu