La galería estaba en silencio después del cierre, un silencio que olía a trementina seca y a madera vieja, como si el espacio mismo contuviera el aliento antes de una confesión. Solo quedaban las luces de emergencia, un azul tenue que se derramaba sobre los lienzos como un río de zafiro líquido. Yo estaba frente al último cuadro de la serie: una mujer emergiendo de cadenas que ya no eran de hierro, sino de luz deshecha. Mis dedos aún manchados de azul rozaban el borde del marco cuando Julio apa