Me senté en el sillón de cuero gastado como si estuviera en una sala de interrogatorios. La doctora Rivera me observaba con esa calma profesional que ya empezaba a irritarme y, al mismo tiempo, a resultar necesaria.
—Lleva tres sesiones viniendo —dijo ella, cruzando las piernas con naturalidad—. Y todavía no ha mencionado a Isaías.
Solté una risa seca, mirando la planta en la esquina.
—Vine por Caleb. Para entenderlo, comprenderlo, ser mejor madre.
Rivera inclinó la cabeza, sin apartar la mirada