La invitación llegó por correo electrónico, impersonal y fría: un evento benéfico en honor a la fundación que mi abuelo fundó décadas atrás. Asunto: “Cena familiar y subasta de arte”. Sin firma, solo el logo austero de los Cortés. Podría haberlo borrado sin abrirlo, pero el título del evento me detuvo en seco: “Noche de Luces Eternas”.
No era casualidad. Mariel lo había organizado. Quería que estuviera allí, que presenciara su regreso triunfal, que volviera a sentir el peso aplastante de su som