La casona Cortés olía a madera vieja y a secretos fermentados, como si las paredes mismas hubieran guardado el veneno durante décadas y ahora lo exhalasen con cada corriente de aire. Habíamos vuelto esa tarde porque Luca insistió: “Hay cosas que deben salir de aquí antes de que Mariel las queme”. Isaías y yo entramos juntos, sin Caleb, sin Ligia, solo nosotros dos y el peso de un matrimonio que ya no existía pero aún respiraba entre las sombras.
Encontramos el diario en el ático, dentro de una c