GÉNESIS
Subí al estudio de mi padre con el corazón apretado.
No era solo por la empresa. Era por todo lo que esa casa representaba. Las paredes. Los cuadros. Cuando entramos, cerró la puerta y suspiró.
—Siéntate, hija —dijo.
Yo me senté frente a él y endurecí mi mirada.
—Papá —empecé sin rodeos—. Sé que la empresa está en graves problemas. Y por eso regresé.
Él frunció el ceño.
—¿Cómo lo sabes?
Lo miré directamente.
—Estoy decepcionada —respondí—. De que no me tuvieras confianza para decirme l