Valentina
Lo subimos a mi habitación porque el sofá de la sala estaba demasiado expuesto y si mi padre llegaba de viaje antes de lo previsto, encontrar a un hombre ensangrentado en su sala iba a requerir una explicación que yo no tenía preparada.
Mía lo sostenía por un lado y yo por el otro. Adam cojeaba entre las dos con la dignidad de un boxeador que perdió la pelea pero que se niega a que lo carguen. Mia lo revisó.
—No necesita puntos —dictaminó—. Pero hay que limpiarlo bien.
Su teléfono so