GÉNESIS
—¡Son dos! —exclamó Ethan, con una alegría que me apretó el corazón.
Tenía la cabeza apoyada sobre mi vientre. Yo estaba recostada en la cama del hotel, todavía temblando por todo lo que acababa de decirle. Su mano descansaba sobre mi abdomen como si estuviera tocando algo sagrado.
Ethan levantó un poco el rostro y me miró como un niño que acaba de recibir el mejor regalo del mundo.
—Dos… —repitió, en voz baja—. Dos bebés.
Yo asentí, con los ojos húmedos.
Ethan volvió a pegar la mejilla