64. El Umbral del Alma
En el instante en que cruzaron las puertas… el mundo dejó de obedecer.
No hubo un estruendo. Tampoco un cambio brusco. Fue algo peor: un proceso sutil.
El sonido se deformó primero; los pasos ya no resonaban, se hundían. La respiración se volvió errática, como si el aire se negara a llenar los pulmones. Luego mutó la luz, una claridad rojiza, pulsante y viva, que sugería que el palacio no había sido construido, sino que estaba latiendo.
Hans avanzó un paso más. Solo uno. Y cuando giró sobre