68. Epílogo: El Primer Aliento
Las ruinas del palacio ya no se sentían como una prisión, sino como el mausoleo de una era que se negaba a morir y que, finalmente, había descansado. Los muros, que antes latían con una malevolencia orgánica, eran ahora simple piedra inerte, desmoronándose bajo el peso de su propia historia. El silencio que inundaba la sala no era el vacío de la muerte, sino la paz que sigue a una tormenta que duró siglos.
Hans ayudó a Zuke a ponerse en pie. Sus manos se encontraron y el contacto fue eléctrico