63. Aemin desciende
Las dos manadas avanzaban. Ya no quedaba rastro del mundo que conocían.
Cada paso los hundía más en tierras que no pertenecían a ningún reino vivo… ni muerto. El suelo de ceniza crujía bajo sus patas, liberando un polvo rojizo que se aferraba al pelaje como si quisiera marcarles el destino.
El aire pesaba, no era solo difícil de respirar, era difícil de soportar. Hans no se detuvo.
Al frente, su figura era una sombra firme contra el horizonte rojo que se abría ante ellos, no miraba atrás, no lo