El Faraon palideció. La idea de un ritual de sangre, de la profanación de la vida, era una abominación para su espíritu piadoso.
—Un ritual de sangre… —murmuró El Faraon, sus ojos se posaron en su reina, Tuya, que lo observaba con una expresión de profunda preocupación.
Tuya, con una discreción admirable, se acercó al Faraón.
—Mi señor —dijo Tuya, su voz era suave—. El Capitán Hesy siempre ha sido un hombre de honor. Su lealtad a vuestro trono es incuestionable. Y Menna… vuestro arquitecto. Un