Ahmes recibió las órdenes de el Visir con la fría eficiencia que lo caracterizaba. La misión era sencilla: eliminar a Sennefer y recuperar un mapa crucial. La ejecución debía ser rápida, limpia, sin dejar rastro. Ahmes se movió por Giza con su habitual discreción, su rostro impasible, su presencia casi invisible entre la multitud. Era un fantasma en el corazón del reino.
Al caer la noche, Ahmes se deslizó por las callejuelas que conducían a la necrópolis. La casa de Sennefer, solitaria y en sil