Durante las horas siguientes, Sobek guio la barcaza con una maestría asombrosa. Se movía por el pantano como un fantasma, sus ojos de halcón detectaban las corrientes más sutiles, las formaciones de lodo más traicioneras. Menna, agotado, lo siguió, remando en silencio, con la mente fija en el oasis.
El canal era una tortura de barro y vegetación. Las ramas espinosas arañaban sus rostros, los insectos zumbaban a su alrededor. El hedor a pantano era abrumador. Pero Sobek no se detuvo.
Cuando el s