Hesy no dudó. Si se detenía, todo se perdería. Escaló un pequeño promontorio rocoso, sintiendo el filo de una flecha rozar su túnica. Cayó al otro lado, rodando para amortiguar el golpe, y se levantó de un salto, el corazón latiéndole furiosamente.
—¡Lo tenemos! —gritó una voz, demasiado cerca.
Hesy vio la luz de una antorcha acercarse. No podía volver a la tumba de su mentor. Imposible. La entrada estaría vigilada ahora. Los papiros de Huni… estaban perdidos, al menos por ahora. Un frío amargo