La noticia de la muerte de Bek, un accidente conveniente, se extendió por la prisión como una enfermedad silenciosa. Menna escuchaba los susurros de los guardias, las expresiones de falso pesar. La hipocresía del visir era un veneno que corría por las venas de Giza.
Horas después, el Capitán Hesy apareció en la celda de Menna. Esta vez, su rostro no mostraba la habitual impasibilidad; había una sombra de furia fría en sus ojos. Se sentó frente a Menna, observándolo con una intensidad que era ca