En la oscuridad opresiva de su celda, Menna se acercó a la pared fría que lo separaba de Bek. Sus nudillos rozaron la piedra con el antiguo código de los canteros. Tres toques lentos, una pausa, dos rápidos. La respuesta tardó en llegar, un eco débil, casi imperceptible, de la celda contigua.
—¿Bek? —susurró Menna contra la piedra, aunque sabía que su voz no podía cruzar el muro.
El rasgueo volvió, esta vez con una secuencia más compleja, un mensaje interrogativo. Bek le preguntaba si Hesy