Neferet, en su confinamiento, sentía el tiempo pasar con una lentitud exasperante. La rutina de la transcripción, antes un consuelo, ahora era una prisión mental. Cada jeroglífico que trazaba con su pluma parecía un eco de la distancia que la separaba de Menna.
Los días se fundían en un ciclo interminable de papiro, tinta y la constante, angustiosa pregunta: ¿Qué le estaría pasando a Menna?
Una mañana, mientras Isis le entregaba su escueta ración de comida, Neferet la detuvo con la mano.