Neferet se quedó de pie, inmóvil, observando la oscuridad que se colaba por las ventanas.
—No pueden hacerme esto —susurró Neferet.
Horemheb, aunque solidario, mantuvo su habitual pragmatismo.
—Ramose actuará por la ley divina, Neferet. No por crueldad, sino por lo que él cree que es la pureza del templo. El visir ha sido muy astuto al usar su devoción en nuestra contra.
Un suave golpe en la puerta interrumpió la conversación. Era Isis, una joven acólita del templo, de rostro dulce y ojos curio