Gloria dio un último gemido fingido, ahogado en la almohada, mientras Esteban se desplomaba sobre ella, sudoroso y satisfecho. Ella ocultó su disgusto tras una sonrisa cansada. El médico había dado el visto bueno para la intimidad, y el viejo verde no se le quitaba de encima. Le acarició la espalda con falsa devoción.
—Eres increíble, mi amor —murmuró él, antes de levantarse y dirigirse a la ducha.
Gloria se miró en el espejo del vestidor. Una pequeña curva comenzaba a asomarse bajo su bata de