Elías llevaba más de un mes entre rejas. La rutina carcelaria era un yugo que cargaba a diario, con la única luz de las visitas de su madre y de Dario. Saber que Valeria estaba bien y que lo visitaría cuando fuera seguro era un consuelo agridulce. La ansiaba con una intensidad que le dolía físicamente: su aroma, la suavidad de su piel, el sonido de su risa, el calor de su voz. Pensar en ella era el único cable a tierra que lo mantenía cuerdo en medio del infierno. Pero el destino, cruel, los m