Punto de vista de Catalina
Adrián pasó toda la tarde con nosotras y ya era hora de que se fuera a casa.
Lo acompañé hasta su coche; la brisa fresca me hizo apretar el suéter alrededor de mi cuerpo.
Se apoyó en la puerta del conductor, con las manos en los bolsillos y una sonrisa suave en el rostro.
—Gracias —dije en voz baja—. Por hoy. Por… todo. De verdad la hiciste feliz.
Se encogió de hombros con naturalidad, aunque en sus ojos se notaba la satisfacción.
—Fue un placer. Se lo merecía.
Durante un momento nos quedamos en silencio. Noté que tenía algo en la cabeza. Me miró y luego apartó la vista, como dudando si decirlo o no.
Finalmente habló.
—¿Por qué ella te guarda tanto rencor, Catalina? —preguntó con suavidad, sin curiosidad malsana, solo preocupación—. Sé que habéis pasado por momentos difíciles, pero… siento que hay algo más.
Sentí que el pecho se me oprimía. Bajé la mirada al suelo, con recuerdos del pasado golpeándome de golpe.
Debió notar mi vacilación, porque enseguida vol